Yo pagaría una entrada solo por ver competir a Maria Vicente.
“Budapest no ha sido amable contigo”, le espetaba Rubí en Televisión Española nada más comenzaba la entrevista. En atletismo es complicado hablar de injusticias porque los resultados son objetivos y casi no dependen de factores externos. Si llegas el primero ganas, si lanzas más lejos vencerás, si saltas más que el otro te llevas el oro. No hay más. Pero si tuviéramos que apelar a una presunta injusticia, podríamos poner como ejemplo lo de María Vicente en el Mundial de Budapest.
Su agonía empezó ya el sábado. Dos centímetros es algo más de lo que mide de ancho un teléfono móvil. Eso fue lo que impedía a María entrar en la final del salto de longitud. El remate llegaría el miércoles en el triple. La española empataba en 14,13cm con Jasmine Moore. El reglamento dice que para el desempate se debe tomar como referencia el segundo salto de cada una. Y ahí la americana fue mejor. Maldito reglamento, en esta ocasión.
¿Injusto? Esa misma tarde, en la final de pértiga, la australiana Nina Kennedy y la estadounidense Katie Moon se repartían el oro cuando ambas llevaron el listón a los 4,90cm. No hubo desempate. ¿Fue injusto entonces que María no pudiera ni tan siquiera disfrutar de la final? ¿Debieron pasar las dos?
Cuando tienes a María Vicente cerca percibes que estás ante un auténtico animal competitivo.
Por lo que intuyo que esto no va a quedar así.