Entrar en una historia: mi llegada al voleibol femenino


Uno llega a ciertos sitios pensando que va a trabajar y acaba dándose cuenta de que, en realidad, ha entrado en una historia. A mí me ha pasado con el voleibol femenino. Como si un equipo pudiera tener una vida oficial y otra más íntima, más de casa, más de esas que se dicen en voz baja pero con cariño.


Llegué para formar parte del equipo de redes. Dicho así parece sencillo, incluso moderno: llevar las redes. Como si bastara con subir una foto, escribir dos frases, mirar las estadísticas y decidir si un reel ha funcionado porque alguien en algún lugar del mundo ha tenido a bien verlo siete segundos sin deslizar el dedo hacia arriba. Pero enseguida entendí que aquello no iba solo de publicaciones. Iba de mirar. De estar. De contar una temporada antes incluso de que la temporada supiera qué quería ser.


Yo venía de otro sitio, aunque en realidad todos venimos siempre de otro sitio. Venía de muchos kilómetros, de atletismo, de pistas, de dorsales, de carreras que duran menos que el tiempo que tardas en preparar la cámara. Venía también de una manera muy concreta de entender mi trabajo como fotógrafo. Mirar lo que ocurre cerca, intentar hacerlo con respeto y procurar que la imagen no interrumpa nunca lo importante.


Y entonces apareció el vóley femenino.


Al principio, como pasa casi siempre, uno cree que conoce un deporte porque ha visto partidos. Qué ingenuidad tan útil. Ver un deporte desde fuera es como creer que conoces una casa porque has visto la fachada. Luego entras. Escuchas los pasos, las voces, las bromas, los silencios. Ves cómo se preparan, cómo se miran, cómo se animan cuando algo no sale, cómo una jugadora recién llegada intenta encontrar su sitio y cómo otra, que ya lleva más tiempo, le señala sin hacer ruido el camino correcto.


Ahí empieza lo interesante.


Porque las redes de un club no son solo un escaparate. O no deberían serlo. Son una memoria. Un archivo emocional. Una forma de decir que esto ocurrió, estas fuimos, aquí estábamos antes de que llegaran las victorias, antes de que se llenara el pabellón, antes de que alguien desde fuera dijera que qué bien se están haciendo las cosas. Las redes también cuentan los días pequeños. Y en los días pequeños, casi siempre, está la verdad de una temporada.


El Fundación Cajasol Andalucía de voleibol femenino tiene algo que me interesa mucho: esa mezcla de ambición y cercanía que no siempre convive bien. Quiere crecer, competir, hacerse fuerte, pelear por algo grande. Pero al mismo tiempo conserva esa sensación de equipo reconocible, de club donde todavía se saludan por el nombre, donde una presentación, un entrenamiento o una foto oficial no son solo tareas en una lista, sino piezas de una identidad que se está construyendo.


Y eso, para alguien que mira con una cámara, es un regalo y una responsabilidad.


Porque fotografiar y contar a un equipo femenino no consiste en disfrazarlo de épica todo el tiempo. La épica está muy bien, pero se gasta pronto si se usa para todo. Hay que contar la fuerza, claro. La competición. El salto. El bloqueo. La mirada antes del saque. Pero también hay que contar la espera, la complicidad, la risa, el cansancio, la forma en que una jugadora se ata las zapatillas mientras otra repasa mentalmente una jugada. Hay que contar lo que no siempre cabe en el marcador.


Supongo que por eso me atrae tanto esta llegada al voleibol. Porque me obliga a aprender otro idioma. No el inglés, aunque alguna falta hará. Hablo del idioma de un vestuario, de un pabellón, de una temporada que arranca con promesas y que luego, como todas, irá haciendo lo que le dé la gana. Los proyectos deportivos son así: uno los planifica con mucha seriedad y luego aparece la vida, que siempre ha tenido poco respeto por los calendarios.


Mi trabajo será estar cerca. A veces con la cámara. A veces con el móvil. A veces escribiendo una frase que acompañe una imagen sin estropearla, que también tiene su dificultad. Intentaré que las redes del Esquimo no sean solo un tablón de anuncios, sino un lugar donde el equipo pueda reconocerse. Donde las jugadoras se vean fuertes, sí, pero también reales. Donde la afición sienta que no solo sigue resultados, sino que acompaña algo.


No sé exactamente qué saldrá de todo esto. Y está bien que sea así. Las temporadas, como las historias importantes, conviene no saberlas enteras antes de empezarlas. Sé que habrá días de mucho ruido, de prisas, de cambios, de horarios imposibles y de publicaciones que habrá que sacar cuando el cuerpo pida sofá y silencio. Sé también que habrá momentos que harán que todo tenga sentido: una foto, una victoria, una mirada, un pabellón empujando, una jugadora que se reconoce en una imagen y entiende que ahí hay algo suyo.


He llegado al voleibol femenino en Sevilla con la sensación de estar entrando en un lugar nuevo, pero no ajeno. Al final, todos los deportes se parecen en lo esencial: alguien se prepara, alguien duda, alguien insiste, alguien cae, alguien vuelve. Lo que cambia es la forma. El balón, la red, el ruido, los gestos. Lo que permanece es esa terquedad tan humana de intentar ser mejor delante de otros.


Y quizá de eso vaya todo.


De llegar a un equipo para llevar sus redes y descubrir que, si uno mira bien, también está aprendiendo a formar parte de algo.