Hay una hora en la playa en la que el día empieza a irse como se van las cosas importantes: despacio, sin levantar la voz, dejando detrás una luz que parece pedirnos que no tengamos tanta prisa.


El sol cae sobre el mar y todo cambia de sitio. La arena se enfría, las huellas se borran con una facilidad casi cruel y el agua, que durante horas fue ruido, juego y verano, empieza a parecerse a un pensamiento.


El mar se oscurece. El cielo pierde el oro. La playa queda casi vacía.


Y uno se queda ahí, mirando el sitio por donde desapareció, como si esperara una explicación.


Pero no la hay.


Solo una playa casi vacía, los pies llenos de arena y esa sensación tan humana de querer quedarse un poco más justo cuando todo empieza a terminar.